En aquel
tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «No hay árbol sano que dé fruto dañado,
ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no
se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que
es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es
malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la
boca. ¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo? El
que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a decir a
quién se parece: se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso
los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella
casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida. El que
escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó una casa sobre tierra,
sin cimiento; arremetió contra ella el río, y en seguida se derrumbó y quedó
hecha una gran ruina.»
Palabra del Señor
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